Coronavirus del espacio interior (1): la pandemia como “inside job”

No recuerdo, desde aquel 11 de Septiembre de 2001, algo tan perturbador para la psique colectiva como la actual pandemia de SARS-Cov-2. El ataque a las Torres Gemelas supuso, para quien esto escribe, el bautismo de fuego tanto en la subcultura de la parapolítica ─conspiranoia o teoría de la conspiración, si el lector lo prefiere así expresado─ como en la zona liminal en donde intersectan el arte y la parapsicología.

Pero no me voy a meter ahí ahora.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello, y si alguien cree que tengo alguna respuesta sobre lo que pasó le diré que está equivocado. Mantengo, eso sí, ciertas sospechas, siempre desde el reconocimiento de patrones y desde un contínuo intento de hibridar lo racional y lo intuitivo con resultados, lo admito, la mayoría de las veces poco más que chapuceros. Dicen, de todos modos, que lo mejor actúa como enemigo de lo bueno: a esto me acojo mientras escribo estos párrafos.

En cierto sentido puede leerse la pandemia actual como una vuelta de tuerca más en un proceso de fusión de la mente colectiva con los medios de comunicación de masas, proceso que aceleraron los acontecimientos del 11-S. Medio mundo vio la retransmisión en directo por TV del ataque a la segunda torre, y, quien no, en diferido una y otra vez durante los meses y años subsecuentes. Prácticamente todo el mundo recuerda qué estaba haciendo en el momento en que supo del ataque, lo que da cuenta del alto nivel de impacto psicológico del suceso.

“Medios de comunicación de masas” incluye obviamente a Internet, aunque por aquel entonces si bien recién empezaba extender su influencia ─cosa que permitió la proliferación de subculturas como la de los truthers del 11-S─, todavía no había penetrado las costumbres sociales al nivel de la actualidad: el envío de clips de audio y video costaba demasiado tiempo y no existían ni redes sociales ni smartphones con ubícuas y portátiles conexiones de alta velocidad.

Todo esto cambia con la pandemia actual: de repente nos encontramos enmedio de una catástrofe global en cualquiera de cuyas múltiples facetas podemos actuar como emisores o receptores de información, casi instantáneamente y sólo con disponer de un smartphone y una conexión a Internet. Ya no nos informamos a través de los medios de comunicación de masas: nos hemos convertido en esos mismos medios de comunicación de masas.

Por otro lado, el siempre presente temor a la amenaza externa en los Estados Unidos materializado aquella mañana en el World Trade Center ─y casi simultáneamente en una mente global ampliamente americanizada─ muta ahora a una amenaza interna: de repente cualquiera puede tener en su interior un agente infeccioso y puede actuar como vector de transmisión de esta enemigo interno invisible. He leído a varias personas asemejar esta situación con el clásico de la ciencia ficción “La invasión de los ultracuerpos”, en donde unas vainas alienígenas iban sustituyendo poco a poco a los seres humanos mientras dormían, por lo que los protagonistas no podían quedarse dormidos ni un sólo instante si querían sobrevivir ─en una situación análoga al estado de hipervigilancia constante sobre la limpieza, la distancia social y demás medidas de higiene a la que el virus ha abocado a la colectividad humana.

Creo que Erik Davis ha capturado muy sugerentemente este sentimiento cienciaficcional en una reciente conversación[1] que paso a transcribir libremente a continuación:

Hay un giro que nos está impactado extremadamente en lo personal, lo existencial, lo emocional y lo cognitivo; en términos de cómo nos vemos a nosotros mismos y a la economía; de cómo percibimos el contacto, de cómo percibimos nuestros cuerpos. Todo esta situación nos empuja hacia un marco posindividualista, análogo a los estados psicodélicos y a las experiencias extrañas que acontecen durante los mismos, en los cuales la individualidad se derrite y uno se da cuenta de que el mundo ni está tan cristalizado, ni es tan coherente, ni se corresponde con las necesidades o impulsos propios ─o no, al menos, tanto como uno pensaba.

El mundo sigue estando ahí, pero está hecho añicos y uno entra en una especie de lucha visionaria, cienciaficcional, en interacción con formas de colectividad, de redes. Esta suerte de reformulación actúa de un modo extraño. Con el acto de aislarnos fisicamente estamos de hecho afirmando la existencia de estas redes más amplias: las de comunicación y amistad en las que confiamos y participamos, pero a la vez las de pertenencia a un rebaño en calidad de animales humanos que están pasando por este proceso biológico, impersonal y estadístico.

No llevamos la máscarilla sólo para no contagiarnos, sino debido a la posibilidad de ser un portador asintomático y contagiar a alguien más. Y este extraño cambio de perspectiva le ha sucedido a muchísima gente. Primero crees que lo haces por tí y luego no, te das cuenta de que lo estás haciendo en pos de un proceso, con el objetivo de reducir la tasa de infección. Es una especie de viraje en una trama de ciencia ficción: «¡Oh dios mío! ¡En realidad soy un androide! ¡Soy un portador! ¡Si voy a ver a mi abuela igual me la cargo! Entonces, ¿quién soy yo? ¿Un vector de entidades no humanas inmersas en sus propios procesos? ¿Como las enormes colonias de bacterias que viven en mi intestino, y que de hecho influyen en mi estado de ánimo? ¡Soy un simbionte!»

Davis añade que esta actitud posindividualista puede resultar útil en esta situación, pero no entregándose a ella acríticamente: también los estados totalitarios hacen un uso muy diestro de esta cualidad simbiótica de la estructura social. Algo, si me preguntan, muy a tener en cuenta a medida que nos adentramos en “la nueva normalidad”; pensándolo un poco detenidamente, una nueva normalidad implica un nuevo orden de las cosas. Y dada la escala global de la presente situación estaríamos entrando, literalmente y como reza el popular adagio conspiranoico, en un Nuevo Orden Mundial.

(continúa …)

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[1] en el episodio titulado “COVID Weirdness” del MIT Press Podcast (enlace)

No lo llamen feminazismo: llámenlo hipergamia

Empieza a haber bastante runrun últimamente con el memeplex encabezado por los conceptos de “píldora roja”, “alt-right”, “terrorismo incel”, “machinazis”, etc. La imagen que va formándose del mismo la resume este artículo que parafrasea a la autora Ángela Nagle: hombres «que se regodean en el victimismo y la autocompasión como cerdos en la piara mientras se meten con los machos alfa, los guapos de la clase que se llevan a esas “zorras de primera” que les han arrebatado su derecho al sexo».

Hay mucho de cierto en esta afirmación, pero pienso que ésto conformaría ─Ley de Sturgeon mediante─ básicamente el 90% de mierda que acompaña a cualquier cosa. Existirían dinámicas más profundas, diríase telúricas, que no se están tomando en cuenta.

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